Install Theme
katharina grosse, untitled, 2004

katharina grosse, untitled, 2004

¡Dios mío! ¡Sólo un momento de bienaventuranza! Pero, ¿acaso eso es poco para toda una vida humana?

Su corazón era el trono de la voluntad

debería aceptar esta

sequía.

diablos, tengo suerte de estar vivo,

tengo suerte de no tener

cáncer.

tengo suerte en

mil cosas.

a veces por la noche

a la una o las dos de la madrugada

pienso en la suerte que tengo

y eso no me deja

dormir

La muerte siempre al lado.
Escucho su decir.
Sólo me oigo.

—El amor no tiene nada que ver con el corazón, ese órgano repugnante, especie de bomba empapada en sangre. El amor ataca primero a los pulmones. No deberíamos decir “tengo el corazón roto”, sino “tengo los pulmones asfixiados”. Los pulmones son los órganos más románticos: todos los amantes contraen tuberculosis; no es casual que Chéjov, Kafka, D. H. Lawrence, Frédéric Chopin, George Orwell y Santa Teresa de Lisieux murieran de esa enfermedad; en cuanto a Camus, Moravia, Boudard, Marie Bashkirtseff y Katherine Mansfield, ¿habrían escrito los mismos libros sin esa infección? Además, que se sepa, la Damade Camelias no murió de infarto de miocardio; semejante castigo está reservado a los trepas con estrés, no a los sentimentales sin remedio.

Octave desbarraba y hablaba solo:

—Todo el mundo tiene una pena de amor que dormita en el fondo de sí mismo. Todo corazón que no está roto no es un corazón. Los pulmones esperan a la tuberculosis para sentir que existen. Soy vuestro profesor de educación física. Es necesario tener un nenúfar en la caja torácica, como Chloé en La espuma de los días o la señora Chauchar en La montaña mágica. Me encantaba mirarte mientras dormías, incluso cuando fingías hacerlo, cuando regresaba tarde a casa, borracho, contaba tus pestañas, a veces me parecía que me sonreías. Un hombre enamorado es alguien a quien le gusta mirar a su mujer mientras duerme, y, de vez en cuando, mirarla mientras goza. Sophie, ¿puedes oírme a miles de kilómetros de distancia, como en los anuncios de operadores de telefonía? ¿Por qué hace falta que la gente se haya marchado para que uno se de cuenta de que la quiere? ¿Acaso no te das cuenta de que lo único que yo te pedía era que me hicieras sufrir un poquito, como al principio, de una tregua pulmonar?

El ruido de ese músculo es casi la primera manifestación humana. Alguna vez, nosotros también, fuimos apenas un pálpito. Sólo mucho después nos volvimos más grandes que nuestros corazones.

atraída por la ciudad más que por el interior, siempre excitada por las experiencias e incapaz de contentarme con la narración que otros me harán de ellas.

Soy solamente un puñado de tierra que tropieza,

Un insolente juguete de cabellos negros

Y dientes amarillos. No es culpa mía

Si no parezco de carne y hueso, si bajo mi sombrero

Y mi pantalón gastado palpita un cielo puro […]

Soy solamente un animal que escribe y se enamora.

Pero les advierto
que vivo por última vez.
Muda
Me quedaré muda frente al crepúsculo
La luz me dará en los ojos y me dejaré ir
Ciega
Qué muerta estaré para todos no así para mí
El silencio me llevará a correr por los aires
Me mezclaré con las hojas y los nidos de los pájaros
Mis cabellos en ellos
Mis uñas
Será la única manera de entender aunque no me entiendan
Este silencio que adoptaré pues que ya me adopta
Será la única manera
Ya no tendré necesidad de sobrellevar nada
De demostrar nada
El peso y la velocidad atrás
El silencio
La pureza que te preguntaba
Ahora lo entiendo
Ahora nada me importa salvo esta maravillosa sensación
De vuelo
[…]
Ya no necesito comer
No más frutos secos ni heroína
No más mentiras para este cuerpo en canal
Como el sexo
Como el maldito sexo de los hombres
Qué mal joden los hombres
Qué mal les huele el aliento y el alma
Mala entraña y yo prendada de los hombres
Prendada de ti
Eres imbécil y te amo
Vete a la mierda y te amo
Tequierotequierotramo
Teadoroteadoroteamo
Sal fuera de mí
Déjame en mi silencio
La ventana por la que entraste sigue abierta
Creo
Ven a mí y jódeme
Cierra esa ventana de una puta vez y quédate
Qué es la pureza?
Tú lo sabes?
Jódeme

el sobretodo es mi mejor amigo

bebemos vino de consagrar en los viñedos

y nos emborrachamos,

compartimos el amor con las mujeres.

mi sobretodo es sensual y seductor.

en la cárcel era un colchón

en los prostíbulos era un refugio

con las manos hundidas en los bolsillos

que me salvaba del naufragio de los besos baratos.

en el invierno me defendía de la lluvia

y en el verano era una sombra luminosa.

mi sobretodo era una incitación voluptuosa a la pereza,

al calor, al heroísmo, al amor, al invierno.

en los momentos de peligro me hacía pasar por detective

y me daba un aire respetable de gran señor del hampa.

mi cuerpo se pierde en él cuando me persiguen,

en mi buena época del parlamento él hablaba por mí:

silencioso

tímido

elocuente.

ha sido una bella disculpa

para eludir serias responsabilidades históricas.

mi sobretodo es a veces el lecho del amor

en los sitios despoblados de la ciudad

tiene un oculto sabor de pecado prohibido.

mi sobretodo es un gran honor.

tiene más historia que una alfombra mágica.

yo lo consagro como el receptáculo privilegiado

donde algunas mujeres tendieron su columna vertebral

completamente desnudas

de cara al sol o a la noche.

mi sobretodo es testigo de la ternura y el terror.

fue acariciado por manos sofocadas de mujer

y desgarrado por puñales de odio.

mi sobretodo tiene quemaduras de tabaco

y huellas de disparos asesinos

y marcas sospechosas de labios rojos.

yo lo empeño por 8 pesos en los momentos de apuro,

mi sobretodo está saturado de sudor animal

tiene residuos de manchas de sangre y aceite…

sonidos vegetales.

cuando no llueve y hace calor me lo quito

me hundo en la noche oscura y mojada

o me hundo en el día lleno de sol, seco.

mi sobretodo es humano y feo

y todos los domingos guarda en sus bolsillos

la angustia de la semana.

Eramos dioses y nos volvieron esclavos.
Eramos hijos del Sol y nos consolaron con medallas de lata.
Eramos poetas y nos pusieron a recitar oraciones pordioseras.
Eramos felices y nos civilizaron.
Quién refrescará la memoria de la tribu.
Quién revivirá nuestros dioses.
Que la salvaje esperanza sea siempre tuya,
querida alma inamansable.

A veces soy feliz, especialmente cuando amo. Dejo que la vida me pase por los ojos y me dejo existir con una pasividad que no hace resistencia al temor ni a la idea de morir. El espíritu de inquietud cede sus furores al silencio, y una especie de bruma adormece las impaciencias del alma.

Pero el amor, aunque es mi sentimiento más creativo, no puede ser nunca la imagen de un amor feliz. Tiene que ser, necesariamente, un sentimiento de turbación, de ruptura. Tenerlo a distancia para conquistarlo, en esa lucha radica su belleza. Poseer plenamente un ser es destruirlo. Así, un sol deslumbrante destruye la luz, sofoca la mirada y arruina el esplendor de los objetos. La posesión es mortal al deseo, le roba su encanto, su misterio, ese misterio que es la esencia del amor, su arma más seductora. Por eso, la mujer que oculta su identidad en un antifaz, es excitante hasta la locura: estimula nuestra pasión de posesión, nuestra pasión creadora. Su ocultamiento se abre como un desafío a nuestra sed de conquista.

La mujer, al entregar su amor, debe conservar para sí una zona inédita, de penumbra, ésa que el hombre descubrirá después de la posesión, que casi siempre deja en el espíritu un sentimiento de rendición y nostalgia.

Si en ese proceso de la conquista esa zona se ilumina con la plenitud, los amantes deben renovarla, crearle al cielo de la pasión una nueva estrella y una nueva distancia. Y así, el proceso creador del amor se hará infinito, y el sexo dejará de ser un reclamo transitorio del instinto, para convertirse en un poema de vida y atormentada belleza que sellará su duración, salvándose de las amenazas de la rutina y el tedio.

No proclamo la astucia y la traición que son armas fraudulentas del amor pueril. Quiero excitar a la mujer a una rebelión de su naturaleza para que se sacuda los complejos seculares de la burda dominación que la tienen sometida a un destino miserable de objeto erótico y justificador del egoísmo viril. Esta liberación será posible cuando la mujer decida romper las antiguas estructuras que no le permiten más alternativa que una fatalidad procreadora, y cuando abandone el coqueto narcisismo del eterno femenino, por cuya imbecilidad ha pagado un precio demasiado caro. Entonces sí será un ser humano, un espíritu creador de valores cuyo porvenir no sólo es el hombre, sino la Historia.

Todos amamos alguna vez, y fracasamos un poco. La experiencia, unida a la reflexión sobre los sentimientos, nos enseña a conocer la naturaleza del alma, que es compleja como el misterio del mundo.

El amor tiene dos enemigos mortales: la felicidad total y la desdicha total. Ambos, si se erigen en sistemas eternos de vida emocional, acabarán por destruirlo. Lo ideal sería una verdad de amor cuyo equilibrio radicara en un poco de certeza y un poco de duda; de posesión y de lejanía; de plenitud y ansiedad; de ilusión y nostalgia. En la síntesis de estos opuestos el amor encontrará su centro de gravedad, su energía y sus fuentes de duración.

—¿Por qué nunca dices que me amas?

—¿Para qué? Adivínalo. Si te lo estuviera recordando a toda hora te aburriría y dejarías de amarme.

Tenía razón. Con su silencio ponía en movimiento mi fantasía, me excitaba a una lucha con sus fantasmas interiores, me ponía a dudar, a padecer los terrores de la esperanza, o las dulzuras de la desesperación.

El único porvenir del amor es el presente, y merecerlo cada día. Pues el amor tiene la duración de las cosas efímeras: del día, de la ola, del beso. Su “eternidad” depende de ese movimiento continuo para que una ola forme a la siguiente, y el beso induzca de nuevo al deseo. Con este ritmo incesante el amor puede ganarse como una victoria para cada día, que es mejor que para toda la “eternidad”.

Esa es, en esencia, la naturaleza y el destino del amor: lo que nace, vive, languidece, muere, y constantemente resucita. Y su resurrección dependerá del milagro que no es otra cosa que la Poesía. Pero esta poesía no son versos, ni se refiere a idealismos despojados de carne. Esa Poesía es Vida, está hecha del cuerpo de los amantes, sus deseos, sus silencios, y de cada átomo de energía viviente.

El amor, esa efusión, no es un divorcio del cuerpo y del espíritu, sino sus bodas. No existe el amor carnal ni el amor ideal. Tales prejuicios son aberraciones de la moral. El auténtico amor, el puro amor, es la apoteosis de cuerpo y alma en la unidad viviente de dos seres triunfando sobre la muerte.

Digamos en su honor que el amor es un misterio, y que su única evidencia es que existe. Pues sin duda existe y aclara otros misterios con su poder revelador. A veces, en noches de desamparo y amargo ateísmo, en brazos de una mujer, he descubierto el rostro de Dios. Por eso para mí es sagrado, porque colma en mi alma los abismos de lo divino, la necesidad de un ideal que dé sentido a la vida y haga florecer la tierra. Pues Dios es todo lo viviente, sobre todo una mujer amada, excepto cuando carga el amor de cadenas, de servidumbres, para hacer de la vida un infierno.

Esos pensamientos que imprimo sobre el amor son la respuesta a una pregunta furtiva de una mujer burguesa. Ella quería saber si el amor era para mí algo espiritual o material. Yo le dije con sumo respeto:

—Señora, son las dos cosas, pero en la cama.

Como era célibe y puritana se escandalizó. Pero yo no tengo la culpa de que el rostro de la verdad sea, como en el amor, un rostro desnudo. Mejor dicho, dos rostros desnudos.

La felicidad me dejaba siempre solo.

Después del amor miro el cielo raso que es el cielo de los amantes: vacío de cal blanca, ya no estás. Recuerdo… después del amor sucedía un pudor silencioso, la nostalgia del deseo, la decepción de ese sueño de absoluto.

Para disimular su derrota o su triunfo imperfecto, Sandra prefiere dormirse mientras yo fumo, olvido, y no comprendo nada: ni la felicidad que se va, ni la que llegó.

Agobiado por la extenuación me hundí en una especie de quietud mística, y ese limbo en que cayeron mis sentidos me hizo desear la eternidad. Que ese instante sin dejar de ser humano fuera eterno. Que ni la noche ni el sueño tuvieran fin. Que nuestro silencio fuera puro y durable como la nada. Que cada cosa y cada gesto permanecieran en sí, idénticos, y en su puro instante sin porvenir.

Todo lo que quería en la vida era que Sandra estuviera allí callada y adorable, mía y muda para siempre.

Esta imagen fugitiva se ha ido contigo, y ya no estás. ¿En qué sitio del mundo cae ahora tu mirada, o hacia qué cielo se levanta? Ese cielo, sin nada mío, sin una estrella, debe ser un cielo vacío. Pero aquí, las cosas permanecen en el mismo sitio, inmutables, fieles a tu recuerdo: la misma mosca pegada a la tela de araña, el polvo de una larga semana, la corbata verde colgada en el clavo. Todo vive aquí una vida embalsamada. Nadie se atreve a moverse para que nada cambie. Todo espera que vuelvas para que resuciten los objetos inanimados.

Las cosas siguen siendo cosas, mi amor. Clea, el pájaro de mal agüero se murió de repente. Había llegado al monasterio una mañana de sol de invierno, un día de diciembre. El Monje le ofició un reposo con música de Verdi, exactamente con el Prelude de Rigoletto.Fue una mala noticia para todos, y una nube tapó el sol brevemente en señal de duelo. Luego vino un ave de rapiña y se la llevó.

¡Adiós Clea, habitante del viento!

Las rosas ya no son rojas, y se cansaron de su belleza. Las había cortado para mí en las inmediaciones de un lago. Los días de tu estancia conmigo lucían bien en su frasco de aguardiente, pero ahora se acabó. Se marchitaron por mi tos, la nicotina, la luz eléctrica y los chillidos de Paul Anka.

Ni el sol, ni el aire entran más aquí desde que te fuiste. Te has llevado lo mejor de mí, y las ganas de vivir. Por la mañana, el despertador agota toda su cuerda y yo lo dejo, pues no tengo nada qué hacer, ni a donde ir. La ciudad me horripila sin nuestras citas al pie de los cines, o en los salones de té, donde escribías mi nombre en tres idiomas, o me hacías declaraciones de amor sobre la servilleta: “Je t’aime”, “I love you”, “Te amo”.

—Gonzalo, ¿por qué te amono tiene sino dos palabras?

—No sé.

—Debiera decirse en miles de palabras.

—¿Para qué?

—Para no terminar nunca y pasarme la vida diciendo: te amo… te amo… te amo…

Los libros siguen en el mismo sitio, sin leerlos. Las obras por escribir, que esperen. Estoy sin aliento. Las colillas amontonadas. El café frío. Las copas sin ron. La soledad en todas partes, y en el alma.

Nuestra canción francesa, Sandra, gira en el mismo círculo vicioso: olor a Campos Elíseos. París canalla, hojas muertas, primavera, boulevardde los sueños rotos, déjame ser la sombra de tu perro, la revolución de la belleza por un beso, tu colilla de Lucky por mi cráneo para que completes tu colección de ceniceros.

No pasa nada, mi amor. Sobre la terraza vuela un helicóptero, pero no estoy seguro. Puede ser una mosca. Sólo el reloj me habla de este minuto de la eternidad en que tu párpado se cierra y la tierra desaparece. Sucedía cuando te besaba y éramos felices. Tal vez ahora seas feliz en otra parte, sin mí. ¿O eres infeliz? Entonces, ¿qué hacer para seguir viviendo?

En lugar del revólver voy a la tienda de la esquina y me compro un almanaque Bristol con una copia de Modigliani que se te parece, como quien compra una libra de sal para la sopa.

Te cuelgo de la pared y me duermo mirándote.